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Llamado al discipulado

La primera frase en este evangelio de San Juan es suficiente como para dejarnos sin aliento: “Convoco a los doce y comenzó a enviarlos… y les dio autoridad…” (María 6:7). Los discípulos habían estado con Jesús por un tiempo, lo habían escuchado predicar, lo habían visto hacer milagros, y también lo habían visto ser rechazado. Ahora les tocaba a ellos salir y hacer lo que lo habían visto hacer a Jesús. Aunque era la primera vez las instrucciones de Jesús fueron pocas y austeras. En conclusión, parecía ser, “vayan, hagan todo lo que yo he hecho, y tengan en cuenta que enfrentarán dificultades, y confíen que sus necesidades serán satisfechas.”

Imagine que Jesús está parado frente a usted, o frente a su grupo de oración, o comité y les dices estas mismas palabras. En un sentido más real, esto es exactamente lo que pasa cuando somos despedidos, o más bien enviados en nuestra celebración de la eucaristía todos los domingos. El tiempo y lugar, la cultura y las circunstancias son diferentes, pero el llamado es el miso. La misión que Jesús dio a sus discípulos y nos da a nosotros no es algo que se originó dentro de él; es la misión que recibió del padre al ser bautizado por Juan. Cuando somos bautizados, fuimos ungidos como “sacerdote, profeta y rey.” Por nuestro bautismo, fuimos somos convocados y dados el desafío de ser portadores de la Buena Nueva y predicar el arrepentimiento.

La civilización occidental del siglo 21 está muy lejos de la Palestina del siglo primero. Simplificar nuestra “carga” presenta un desafío mayor que hace dos mil años, pero no es imposible. Es muy posible que no estemos viajando a pueblos cercanos o costas lejanas; tal vez nuestro propio campo misionero es nuestra familia, nuestro centro de trabajo, nuestra escuela, nuestro vecindario e incluso nuestra propia parroquia. Tenemos la oportunidad de responder a la convocatoria, a nuestro llamado bautismal a diario.

Con ustedes en Cristo,
Fr. Gaspar Masilamani, CMF